Reencuentro cargado de tensión, sin sonrisas ni gestos de amistad

Fueron saludos formales, en segundos, sin sonrisas ni gestos de amistad. El reencuentro, tenso, entre Cristina Kirchner y Daniel Scioli terminó como había empezado: sin un diálogo cara a cara entre ambos.

La Presidenta llegó al predio de General Rodríguez poco antes de las 12. Apenas bajó del helicóptero, se subió a una combi. Allí, sentado en una butaca, estaba el gobernador a quien minutos después y por cadena nacional le enrostraría su malestar por la creciente disputa entre ambos.

Fue un beso de bienvenida y al escenario. Distendida, Cristina saludaba con la mano y sonreía a los militantes que coreaban desde el fondo de la gran carpa blanca montada para el acto.

Cuando comenzó la descripción puntillosa sobre la ayuda económica de la Casa Rosada, Scioli miraba con atención hacia el atril. Cuando comenzaron los dardos directos, bajaba la vista y se enfocaba en sostener la mirada en la mesa. No hizo un solo gesto. Se recostó sobre el respaldo de la silla y escuchó.

Apenas terminó de hablar, la Presidenta bajó hacia la primera fila y saludó a unos 20 niños que le entregaron, cada uno, una rosa blanca. Se sacó fotos, celebró que una nena hiciera con los dedos la V de la victoria e imitó el gesto. Scioli, bastante detrás, la seguía. No habló con nadie. Caminó hasta el final de la fila de militantes que se agolparon sobre las vallas para saludar a la jefa del Estado y, sin más, se retiró, media hora antes que Cristina.

En vuelo en el helicóptero de la provincia ante un minúsculo grupo de asistentes, sólo dijo que todas las cifras que había dado la Presidenta sobre el distrito bonaerense eran ciertas. "Es lo mismo que dije yo en la conferencia del sábado", fue la única frase con la que el gobernador reaccionó. Fue sólo en privado. En público, él y su equipo guardaron un cerrado silencio.

Scioli se había instalado desde temprano en una carpa ubicada detrás de la principal, una suerte de VIP en donde los funcionarios esperaban la llegada de Cristina. Con livings de estilo minimalista blancos, el frío de la mañana helada se inmiscuía por cada rincón. En la espera, Scioli se dedicó a hablar con el presidente de la empresa anfitriona AGCO, Martin Richenhagen, siempre en inglés. De a ratos se sumaba la ministra de Industria, Débora Giorgi, aunque se la vio más distante con el mandatario.

Apenas el helicóptero presidencial tocó tierra, el gobernador se subió a una combi con el resto de los funcionarios para ir a buscar a Cristina. Como un contraste, la jefa del Estado saludó efusivamente a Richenhagen. "Estuve leyendo su currículum. Muy bueno, me encantó", le repetía Cristina al CEO de la compañía. El gobernador escuchaba, pero no intervenía.

Durante el discurso presidencial,

Cristina nunca lo miró. Tampoco lo nombró. Apenas terminó de hablar, la jefa del Estado emprendió los saludos de rigor a los presentes sobre el escenario. Un beso y abrazo para el intendente, Juan Pablo Anghileri, y para Richenhagen. Se quedó hablando largamente con el presidente de la compañía, lo que hizo eterno el momento en el que, esta vez ante las cámaras, debía saludar a Scioli. Lo hizo de manera formal, y siguió adelante, con otro abrazo para Giorgi.

En las afueras del predio, sobre la ruta 24, los militantes bajaban de ómnibus escolares con banderas blancas que daban la bienvenida al vicegobernador Gabriel Mariotto, ausente del acto y enfrentado a su compañero de fórmula.

El aplausómetro, del que estaban pendientes los dos gobiernos, salió bastante empatado. Hubo palmas por igual para Cristina y para Scioli.

otros retos

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