Ray Bradbury: "Ansiaba salir volando y llegar a Marte"

Tal vez como una premonición del final, Ray Bradbury reveló, en la última edición de la revista New Yorker , qué lo había arrastrado hacia la ciencia ficción cuando era muy pequeño y tenía apenas seis o siete años. Al parecer, su pasión nació mientras hojeaba las revistas del género que traían los huéspedes de la pensión que tenían sus abuelos en Waukegan, Illinois.

El escritor sitúa el comienzo de lo que caracteriza como una obsesión, una verdadera fiebre creativa que lo trastornaba durante días enteros, en el otoño de 1928, con las historias de Buck Rogers.

"Ahora, cuando miro atrás, reconozco que debo haber sido una pesadilla para mis amigos y familiares -escribe Bradbury en ese artículo para la revista neoyorquina titulado "¡Llévenme a casa!"-. Yo era una sucesión ininterrumpida de frenesí, euforia, histeria y entusiasmo. Siempre estaba a los gritos y a las corridas porque temía que la vida fuese a terminarse esa misma tarde."

Dice también que tres años más tarde tuvo un "acceso de locura" cuando aparecieron las primeras historietas dominicales en colores de Harold Foster basadas en el Tarzán de Edgar Rice Burroughs. Confiesa que simultáneamente descubrió los libros de John Carter de Marte en la casa de uno de sus tíos, que vivía al lado de sus abuelos, y que también en ese momento Burroughs tuvo en él un enorme impacto. A tal punto que le atribuye la inspiración para sus Crónicas marcianas .

"Me aprendía de memoria todo John Carter y todo Tarzán y me sentaba en el jardín de mis abuelos a repetirle esas historias a cualquiera dispuesto a escuchar. Salía a ese jardín, las noches de verano, y extendía el brazo hacia la rojiza luz de Marte, diciendo: «¡Llévenme a casa!». Ansiaba salir volando y aterrizar allá, sobre el extraño polvo que se alzaba desde el fondo de los mares muertos hacia las ciudades antiguas", agrega, más adelante.

Viajero del tiempo

Bradbury se concebía a sí mismo como un viajero en el tiempo, aunque estuviera en tierra firme. Sus desplazamientos imaginarios ocurrían mientras, en las noches de calor, escuchaba a los adultos que se reunían en los jardines y porches para charlar y recordar. Después de las charlas filosóficas y los festejos con fuegos artificiales, dice, llegaba un momento especial, "el momento de la tristeza, de la belleza. Era el momento de los globos chinos".

"A esa edad yo ya empezaba a percibir el final de las cosas, como esas bellísimas luces de papel -prosigue-. Ya había perdido a mi abuelo, que se fue para siempre cuando yo tenía cinco años. Lo recuerdo perfectamente: mi abuelo y yo, parados en el jardín que estaba frente al porche, con veinte parientes de público alrededor, sosteniendo entre los dos y hasta último momento ese globo de papel lleno de cálidos suspiros, listo para partir."

Como suelen hacerlo los nietos de todo el mundo, ayudaba a su abuelo a cargar la caja el papel de seda de un globo chino que esperaba ser inflado para flotar a la deriva en el cielo de medianoche. "Mi abuelo era el sumo sacerdote y yo, su monaguillo", dice Bradbury, y recuerda cómo su abuelo encendía la paja seca del calentador que colgaba por debajo, y cómo el globo, una vez que empezaba a arder, se hinchaba con el aire caliente y comenzaba a elevarse.

"Pero -dice- yo no lo podía dejar ir. Era tan hermoso, con esas luces y sombras bailando en su interior. Sólo cuando el abuelo me miró a los ojos e hizo un suave gesto de asentimiento con la cabeza yo solté finalmente el globo, que flotó sobre el porche, iluminando las caras de mi familia. Pasó sobre los manzanos, sobre la ciudad a punto de dormirse, y atravesó la noche, en medio de las estrellas. Lo seguimos con la mirada como diez minutos más, hasta que ya nadie lo veía. A esas alturas, yo ya era un mar de lágrimas, y mi abuelo, finalmente y sin mirarme, se aclaró la garganta y se alejó arrastrando los pies. Sólo entonces los parientes entraron en la casa o se fueron por el jardín rumbo a sus casas, dejándome solo y enjugándome las lágrimas con los dedos todavía sulfurosos por los petardos. Más tarde, esa noche, soñé que el globo volvía y pasaba flotando junto a mi ventana."

Veinte años después, Bradbury escribiría "Los globos de fuego", una historia en la que un grupo de sacerdotes viaja a Marte en busca de criaturas de buena voluntad. Ese, explica, fue su tributo a los veranos que pasaba con su abuelo.

De hecho, se inspiró en su abuelo para crear uno de sus personajes, un sacerdote al que llevó a Marte para que viera nuevamente esos maravillosos globos chinos, salvo que en la ficción los globos eran marcianos "flotando a la deriva sobre los mares muertos".

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