Los radicales porteños, entre el ocaso y la resistencia

MÁS DESTACADO EN ARGENTINA

En la vidriera hay una hoja blanca con letras negras en la que se ofrecen clases de folklore y sesiones de reflexología. En las paredes, planchuelas de corcho cubiertas de fotos de grupos de ancianos que se abrazan y sonríen, delante de paisajes turísticos. "No, mi amor, no hay más vacantes", le responde la encargada a una vecina que consulta por un viaje a Mar del Plata en oferta para ese fin de semana.

No parece. Pero en ese lugar, un local de Parque Chacabuco en el que no se divisa el mínimo rastro de actividad política, funciona un comité de la Unión Cívica Radical (UCR ). "No necesitamos tener un cartel para que nos identifiquen como radicales. En el barrio nos conocen hace mucho", explica Sandra Todorovsky, convencional del partido en la ciudad de Buenos Aires y titular de Nuestra Esperanza, el centro de jubilados que funciona en ese mismo sitio. "Después de la crisis de 2001, no podíamos desaparecer, pero era muy difícil convocar desde el radicalismo. De esta manera, logramos seguir estando en contacto con la gente", agrega.

Emblema de la época de oro de la UCR en la Capital, los locales partidarios son el reflejo de la actualidad de la agrupación en la ciudad, donde la fuerza centenaria se debate entre el ocaso y la resistencia; entre la nostalgia de un pasado reciente y la administración de un presente lleno de carencias, con un bloque en la Legislatura porteña de sólo dos integrantes y un desempeño electoral que en 2011 no superó el 2 por ciento de los votos.

De los más de 400 comités que llegó a haber en las décadas del 80 y del 90, quedan menos de 50, muchos de ellos, centros de jubilados subsidiados por el gobierno de la ciudad y el PAMI. Es una red desarticulada y, en muchos casos, sin conexión con la estructura formal del partido, que no sabe con exactitud la cantidad de comités abiertos. Tampoco se encarga de su financiamiento, que depende de la ayuda de dirigentes con cargos legislativos y del aporte de militantes, varios en puestos estatales por nombramientos hechos durante gestiones anteriores. La realidad de cada comité es tan diversa como las actividades que allí se practican. Los talleres de formación política conviven con las clases de yoga. El trabajo social en los barrios pobres, con el asesoramiento legal y contable.

"Siguen siendo la presencia del partido en los barrios. Sirven para difundir nuestras ideas e ideología", afirma el presidente del Comité Capital, Rubén Gabriele. Para Maximiliano Ferraro, un ex dirigente radical que hoy es legislador por la Coalición Cívica, el papel de los locales quedó desvirtuado: "Antes eran la expresión más genuina de la militancia territorial y juvenil. Pero pasaron a responder a las líneas internas de la superestructura, a Jesús [Rodríguez, ex diputado], a Coti [Nosiglia, ex ministro del Interior] y a Pascual [Rafael, ex presidente de la Cámara de Diputados]".

Con más de tres décadas de presencia territorial en La Boca, Víctor Hugo Salazar, de 58 años, es el dirigente porteño más cercano a Nosiglia y en las últimas elecciones fue primer candidato a legislador. "Nos llevó tiempo entender que las internas no eran la solución, sino parte del problema", explica, en su comité de la calle Olavarría al 600, un salón de paredes rojas y blancas descascaradas, de donde cuelgan cuadros de todos los presidentes radicales, de Hipólito Yrigoyen a Fernando de la Rúa. Con ese telón de fondo, un grupo de diez militantes organiza una volanteada contra la re-reelección y la entrega de una donación de ropa y artículos de limpieza para el hospital Borda.

También responsable de un comedor abierto en 2002, al que bautizó Cacerolazo, el grupo de Salazar trabaja con la Cantera Popular, una línea partidaria nacional, cercana a Julio Cobos, con dirigentes surgidos de las conducciones de la Franja Morada y de la Juventud Radical (JR). Con recursos provenientes de su fuerte inserción en la Universidad de Buenos Aires (UBA), la Cantera maneja unos 15 locales.

Uno de ellos es el ateneo 26 de Julio, en el barrio de Flores, conducido por Alejandro Caracciolo, un dirigente social de 44 años que durante la crisis de 2001 trabajó codo a codo con los grupos piqueteros. "Los locales son un refugio de la militancia, porque la superestructura del partido quedó lejos de la base y de los cuadros intermedios", dice, en el interior de su comité, donde un grupo de jóvenes prepara comida para repartir entre los que duermen en la plaza Flores.

Empleado del Senado, Caracciolo trabaja políticamente en la villa 1-11-14. Actúa en conjunto con Domingo Vallejos, un puntero iniciado en el peronismo que convirtió su casa, una vivienda social tomada, en un comité radical. "Estas 20 becas escolares las mandó el diputado Garrido [Manuel], para repartir entre los que necesitan", anuncia "Mingo", de 65 años, mientras alza como un trofeo una pila de planillas, ante diez mujeres reunidas en su living.

Padre de 20 hijos y líder de una agrupación gremial que reúne a vendedores ambulantes de estadios de fútbol, Vallejos asegura que hacer política es cada vez más difícil. "Ahora para que la gente se acerque no alcanza con un choriceada; hay que ofrecerle algo más", explica, y cuenta que, con la ayuda de Caracciolo, consiguieron planes de los programas Nuestra Familia y de Capacitación Laboral, del gobierno de Mauricio Macri.

No muy lejos de allí, en un comité de la calle Otamendi, en Caballito, Juana Bogado, de 62 años, exhibe un cuaderno de tapa azul en el que anota los pedidos que hacen los vecinos y que ella transmite al legislador Claudio Presman, dirigente del Ateneo del Centenario, la línea partidaria que lidera Jesús Rodríguez. "Hace un tiempo, la gente ni se frenaba. Pero ahora están entrando a charlar, a hablar mal del Gobierno y de Moreno [Guillermo]", cuenta, y enseguida pregunta: "¿Te puedo mostrar la foto de mi ídolo?". Segundos más tarde, reaparece con un afiche de la frustrada campaña presidencial de Ernesto Sanz.

En el mismo barrio actúan Los Irrompibles, uno de los grupos de jóvenes más activos del partido, y uno de los soportes en la ciudad de la campaña presidencial de Ricardo Alfonsín, en 2011. Ese vínculo es fruto de la firme relación que forjó la agrupación con Raúl Alfonsín, durante los últimos años de su vida. Lo esperaron 40 días en la puerta de la clínica donde se recuperó del accidente vial que sufrió en 1999, lo defendieron de los escraches en 2001 y compartieron uno de sus últimos actos, en el cierre del local de la Coordinadora, en Formosa 114. Hoy, un mural con la cara del ex presidente ocupa todo el frente del comité de Los Irrompibles, en Rojas y Aranguren. Dentro, entre imágenes del "Che" Guevara y de Fidel Castro, se dan clases de apoyo escolar, se elabora la única cerveza artesanal radical (La Hipólita) y se imparte un taller de pensamiento alfonsinista.

Formado en su mayoría por graduados y estudiantes universitarios, el grupo es conducido por Leandro Santoro, un politólogo de 36 años, ex presidente de la JR Capital y actual empleado de la Auditoría General de la Nación (AGN). "Nuestra impronta es la batalla cultural. Reivindicamos una idea del radicalismo como fuerza nacional, popular y antiimperialista", dice, con la ropa llena de manchones de pintura roja y blanca. Es la vestimenta que usa cuando, una noche por semana, salen a bordo de una camioneta desvencijada a pintar consignas callejeras. "Viajamos como nos gobiernan", fue la última.

Expresión de un radicalismo que no se resigna a abandonar la calle, viven en una disputa permanente. Su enemigo es La Cámpora, y el campo de batalla, los mejores paredones de Caballito.

RADIOGRAFÍA

Capital. Luego de años en los que tuvo el control de la Legislatura, hoy tiene un bloque legislativo de sólo dos integrantes. No obtuvo ningún comunero.

Interior. Hay un solo gobernador que integra el partido (Colombi, de Corrientes). Cuenta con más de 150 intendentes, entre ellos los de Córdoba y Santa Fe.

Oposición. Sigue siendo la mayor fuerza opositora en el Congreso.

Cargando...