El PJ, un salvavidas al que se aferra Scioli

Pitágoras, Platón, Plotino, los cátaros medievales y los neoplatónicos del Renacimiento sostuvieron que el alma está capacitada para migrar hacia otro cuerpo después de la muerte. La versión vulgar de esa creencia es la doctrina de la reencarnación. Y la secta más numerosa que la cultiva en el país se llama peronismo.

Esa agrupación está acostumbrada a mudar de aspecto sin renunciar a su esencia: el ejercicio del poder. El salto se produce, más o menos, cada diez años, y obedece a una dinámica precisa. Cuando el grupo detecta que uno de los suyos interpreta mejor que el resto el clima de la época, lo consagra su líder y, en el altar del poder, adopta como propias sus banderas.

En los 90, los hijos de Perón se camuflaron de neoliberales para ganar elecciones con Carlos Menem. Privatizaron, desregularon, se asociaron con Washington. Con los Kirchner, se volvieron bolivarianos. Reestatizaron, volvieron a regular, rompieron con Estados Unidos.

El pacto con el jefe es muy sencillo: identidad a cambio de votos. El día en que esa magia se termina, es decir, cuando los votos no aparecen, los peronistas se repliegan, por un tiempo, hacia su condición de peronistas.

Con las primarias de agosto, "el movimiento" ingresó en una de esas transiciones. Ha vuelto a buscar al pontífice que lo conecte, de nuevo, con el electorado. Sus dirigentes se resisten a ser arrastrados por la declinación de Cristina Kirchner. Pero muchos de ellos son gobernadores encadenados a ella por razones fiscales. Como esa contradicción tomará varios meses en resolverse, Daniel Scioli ofrecerá a sus compañeros un limbo en el cual cursar la metamorfosis: hoy reabrirá las puertas del PJ para una sesión del Consejo Nacional.

El gesto de Scioli es llamativo por su artificialidad. El PJ es una realidad virtual. Desde hace años no celebra sus reuniones de rutina. La sede de Balvanera fue casi abandonada. Allí concurren tres o cuatro empleados a los que el apoderado, Jorge Landau, lleva el sueldo, las más de las veces con atraso. La ortodoxia es rigurosa: esos salarios no se ajustan por inflación. Contra lo que exige la ley, tampoco el 20% de los ingresos que gira el Ministerio del Interior se destina a capacitar militantes. En Matheu 130 hasta la parrilla está oxidada. Y en la justicia electoral se apilan pedidos de intervención de afiliados ignotos.

Aunque su montaje sea inverosímil, la reunión de hoy es conveniente para Scioli. Nadie considera que la derrota del kirchnerismo bonaerense sea reversible. Ayer LA NACION publicó que, según la consultora Poliarquía, la diferencia entre Sergio Massa y Martín Insaurralde es de 11 puntos: 41,1% contra 30,1%. A Scioli le han llevado pronósticos peores. El jueves pasado uno de sus encuestadores de cabecera le informó que Massa sacaría 44% de los votos, contra 31 de Insaurralde.

Los cambios en el área de seguridad no modificaron el cuadro electoral. Al contrario, una semana después de la designación de Alejandro Granados, el candidato más aventajado, en pleno mediodía, era atacado en un barrio de La Matanza, convertido en zona liberada.

Como estaba previsto, la Presidenta se desentendió de Insaurralde eyectándose hacia la estratósfera. Mientras Scioli recorre el conurbano con un candidato empantanado, ella condena las lacras del casino global y recomienda abordajes para la guerra siria. Como si dijera: "Aquí nave nodriza llamando a Tierra". Scioli reabrirá el PJ como una solución de emergencia para esta escena. No puede aclarar que si el lazarillo de Insaurralde fuera la señora de Kirchner y no él, el Gobierno sacaría tres o cuatro puntos menos. Prefiere que el 27 de octubre lo vean como el presidente del PJ y no como el mariscal de la derrota bonaerense. En una demostración de solidaridad cuya dimensión debería advertir Massa, los demás gobernadores colaborarán hoy con ese simulacro, aun a riesgo de contaminarse con el drama de Insaurralde.

Como la señora de Kirchner, Scioli también huye hacia arriba. Mientras él se nacionaliza trepando por la anquilosada burocracia partidaria, Massa se propone devorarle la provincia. El intendente de Tigre tiene la cabeza llena de nombres de intendentes y concejales. En los próximos meses piensa terminar de apropiarse del aparato bonaerense. La forma en que el domingo pasado presentó los altercados de La Matanza delata esa tarea. Todavía no se conocía en detalle lo ocurrido, pero Massa sedujo al intendente Fernando Espinoza encapsulando las responsabilidades en la militancia de La Cámpora. Como la Presidenta habilitó listas ajenas al PJ en numerosas comunas, muchos alcaldes ven amenazada su mayoría en el concejo. No hay caudillejo en ese trance que no haya recibido una amigable llamada de Massa.

El éxodo hacia Tigre está provocando algunos incidentes. Por ejemplo: a Ismael Passaglia le allanaron el despacho municipal, en San Nicolás, por una causa acelerada en plena campaña por el fiscal Matías Di Lello. Es el hijo de Jorge Di Lello, también fiscal, a quien la Casa Rosada siempre ve como un aliado. Passaglia atribuye sus males a que su esposa se acercó a Massa durante una recorrida y le dijo "yo te voto". Pero alrededor de este conflicto se teje un entramado más complejo. El asado con que Massa agasajó días atrás a Carlos Reutemann se sirvió en la estancia Tres Soles, que pertenece a un amigo de Passaglia, muy ligado al embajador kirchnerista en Chile, Ginés González García. Massa y González García también están unidos por el sindicalista Carlos West Ocampo, quien en una imperdonable distracción postuló a su ahijado Héctor Daer, sin revisar si su domicilio estaba en orden. Pormenores que al minucioso Hugo Moyano jamás se le escaparían.

Moyano es otra pieza que Massa está por comer a Scioli. El intendente de Tigre pidió al camionero que mantenga su alianza con Francisco de Narváez, de modo tal que el canillita Omar Plaini, segundo en la lista del empresario, logre convertirse en diputado. Delicias de la interna peronista: Scioli apoya a De Narváez para que éste sume, a pesar de sí mismo, legisladores a su rival. Más difícil le está resultando a Massa -y a su amigo Joaquín de la Torre- lograr que Facundo, el menor de los Moyano, termine de abandonar el kirchnerismo.

La dimensión del bloque de diputados del Frente Renovador es clave para prever el funcionamiento de la política los dos próximos años. Massa podría controlar en diciembre de 16 a 18 bancas. Con el paso de los meses, podrían llegar a una treintena. Massa no tiene límites. También sueña arrebatar legisladores a Mauricio Macri, propósito que no le comentó al alcalde en la larga comida que compartieron hace pocos días.

Por su poder parlamentario, Massa estará en mejores condiciones que Scioli para ofrecer gobernabilidad a Cristina Kirchner. El primer test será en diciembre, cuando haya que reelegir o reemplazar a Julián Domínguez como presidente de la Cámara de Diputados. La víctima de cualquier acuerdo entre Massa y la Presidenta es Scioli. A ella no debería molestarle: en adelante su juego será la fragmentación. Hasta comenzó a hablar con Macri, como ayer reveló el jefe porteño en la mesa de Mirtha Legrand. Hubo dos conversaciones y el tema fue la extensión de la autopista Illia, de cuya demora Macri culpa a Florencio Randazzo.

Mientras tanto Massa sigue, sin sobresaltos, su carrera. Sólo tiene una piedra en el zapato: el papa Francisco. Tenía previsto visitarlo el último miércoles, pero el encuentro fue aplazado. Massa viajará a Roma el 2 de noviembre, a ofrecerle la victoria.

La demora se debió a causas triviales. Pero Massa cree tener motivos para estar inquieto. Cuando él era jefe de Gabinete, Néstor Kirchner vivía irritado con Jorge Bergoglio. Llevado por esa obsesión, el ex presidente organizó una maquinación contra el arzobispo. El entonces gentiluomo de Su Santidad, Esteban Caselli, aportó su amistad con el cardenal Leonardo Sandri. El empresario Emilio Noceda aproximaría al secretario de Estado Tarcisio Bertone. Y el developer Jorge O'Reilly aportaría sus propios contactos con la curia. Las gestiones debían desembocar en el reemplazo de Bergoglio por un ahijado de Caselli, Oscar Sarlinga, quien dejaría la diócesis de Zárate-Campana para convertirse en arzobispo de Buenos Aires.

Bergoglio se enteró de la maniobra por uno de sus innumerables amigos peronistas. Y, con apenas una llamada telefónica, la frustró. Lo más probable es que todo haya pasado al olvido. Monseñor Sarlinga visitó a Francisco en una audiencia pública, el 26 de junio pasado, y dos días más tarde lo elogió en su blog "por el sentido de la clemencia y de la misericordia".

Algunos íntimos de Bergoglio aseguran que él no asocia a Massa con aquella asonada. Creen que el candidato debería haber insistido en su viaje, y prometen que, cuando lo haga, será recibido con cariño. Massa, igual, aprendió a ser precavido. Es la ventaja de tener sólo 41 años y haberse reencarnado ya varias veces.

Cargando...

YAHOO NOTICIAS EN FACEBOOK