Un país más pesimista

El humor social se ha deteriorado fuertemente en lo que va del año. El último enero fue el punto final de un ciclo de expectativas ascendentes que se había iniciado hacia fines de 2009 y que incluyó la fuerte recuperación económica de 2010, los festejos del Bicentenario, la promoción de políticas sociales expansivas y la rotunda victoria de la Presidenta en agosto y octubre de 2011. Pero, como muestra el Índice de Optimismo Ciudadano que elabora Poliarquía, en los últimos ocho meses las expectativas no han parado de caer y hoy son más los argentinos descreídos y desanimados que quienes evalúan la marcha actual y futura del país con buenos ojos.

El freno casi recesivo de la economía, la falta de algunos bienes por las trabas a las importaciones, el cepo al dólar, la tragedia de Once, el caso Ciccone, las disputas con el gobierno de la ciudad, de la provincia de Buenos Aires y de Córdoba, entre otros factores, hicieron que la aprobación presidencial cayera todos los meses de 2012 con la excepción de los 30 días posteriores a la nacionalización de YPF.

En este tiempo, el vicepresidente Boudou se transformó en uno de los políticos de peor imagen del país y reinstaló la preocupación de la población por la corrupción, cuestión que la sociedad no relacionaba especialmente con el kirchnerismo. Además, ha aumentado fuertemente este año la preocupación por la inseguridad, el aumento de la pobreza, el temor a la pérdida del empleo y las expectativas inflacionarias. La aprobación de la gestión económica del Gobierno pasó de ser ampliamente positiva a negativa. Bajó la capacidad de consumo y aumentaron las familias que dicen que no pueden ahorrar.

¿Hay buenas noticias para el Gobierno? Sí. Lo primero es que, a pesar de lo descripto, la aprobación de la gestión de Cristina Kirchner es del 51%. Un número que muchos líderes mundiales envidiarían tener en momentos de incertidumbre como éstos. Es lejano al más del 70% que CFK gozaba tras su reelección, pero muy superior a los menos de 30 puntos que tuvo después del conflicto con el campo.

Segundo, durante el período 2008/9, el descenso de la popularidad presidencial coincidió con la aparición de opositores que generaron muy elevados niveles de imagen como Julio Cobos, Francisco de Narváez, Gabriela Michetti o Ricardo Alfonsín. En el proceso actual de deterioro no han surgido políticos que canalicen el descontento y, de los dirigentes nacionales, sólo Daniel Scioli cuenta con mayor imagen positiva que la Presidenta. Entre los opositores, Mauricio Macri cuenta con valores similares a los de Cristina Kirchner y Hermes Binner está un paso por detrás.

Tercero, la Presidenta cuenta con una serie de atributos de gestión y personales muy arraigados en la sociedad. Se destaca las menciones hacia su política previsional y también la recuperación de YPF, la creación de empleo y las políticas sociales. Dentro del plano personal, se le reconoce fuerza y coraje, liderazgo, inteligencia, capacidad oradora y belleza.

El panorama político que se avecina en la Argentina resulta sumamente complejo. La Presidenta es la figura central, genera amores y odios y marca la agenda política. Pero la sociedad rechaza la posibilidad de habilitar una nueva reelección. El kirchnerismo no confía en Scioli y carece de otras figuras instaladas y de aceptación nacional. La oposición sigue fragmentada y sin consensos que la articulen más allá de su rechazo a una reforma constitucional. El sindicalismo y el peronismo se dividen y se alejan del Gobierno. Las encuestas muestran un descontento creciente de la sociedad con la clase política. La economía sigue atravesando serias dificultades, mientras la acumulación de restricciones y desconfianza son difíciles de retraer. Por suerte, Dios es argentino y la soja se vende a 650 dólares.

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