Los ministros, ¿sirven para algo en este país?

Desde que Roberto Lavagna renunció a su cargo en noviembre de 2005, nadie mira al Palacio de Hacienda en busca de pistas referidas a la política económica.

Por eso, en rigor, Felisa Josefina Miceli, Miguel Gustavo Peirano, Martín Lousteau, Carlos Rafael Fernández y Amado Boudou, más que ministros de economía fueron funcionarios que utilizaron las instalaciones tradicionalmente ocupadas por los ministros de economía. Todo indica que con Hernán Gaspar Lorenzino va a ocurrir lo mismo.

Al respecto entrevisté al argentino Federico Pinedo (1985-1971), quien en tres oportunidades ocupó la cartera económica. Fueron 860 días, a partir de 1933, durante la presidencia de Agustín Pedro Justo; 137 días, en 1940, durante la de Roberto Marcelino Ortiz, y 19 días, en 1962, durante la de José María Guido. Era durísimo en los debates, pero componedor cuando ejerció cargos públicos, tanto legislativos como ejecutivos.

-¿Para qué sirven los ministros?

-Distingo entre el ministro-consejero y el ministro-secretario. Un ministro no es sólo el encargado de una cartera, es un miembro del consejo que gobierna.

Nuestro sistema de gobierno es presidencial ministerial, en el cual los ministros no son rodaje subalterno sino principalísimo, y un ministro renuncia no sólo por cosas de su ministerio.

Si soy ministro de Hacienda y usted de Relaciones Exteriores, usted quiere romper con Brasil y yo creo que eso es una macana, digo: "No, si deciden eso me voy". No es cuestión de irse por cualquier motivo, pero frente a asuntos que definen la orientación de un gobierno, un ministro tiene que estar dispuesto a irse.

-En todas las oportunidades en que fue ministro usted renuncio por discrepancias políticas, no económicas.

-En 1962, antes de aceptar, recomendé que el Congreso Nacional permaneciera abierto, aclarando que si lo cerraban renunciaba. Pues bien, lo cerraron y me fui.

-¿Cómo debe ser la relación con el presidente?

-Si cuando yo era ministro y necesitaba ver al presidente, su secretario me llegaba a decir "no tiene audiencia", mi respuesta hubiera sido: ¡Suprima todas las otras!, porque un miembro del gabinete tiene acceso.

Quien mejor explicó esa característica de nuestro gobierno fue el viejo Matienzo. Fuera de la relación personal nosotros decíamos: "¿Qué hubieran pensado Mitre o Pellegrini?"

Entonces la opinión de los grandes repúblicos se tenía en cuenta, y la de los ministros no le digo nada. Es una pena que se haya perdido esa tradición, y es indispensable restablecerla, porque eso es lo que da jerarquía al gobierno.

-¿No está desdibujando el rol presidencial?

-De ninguna manera. Como bien afirmó Henry Kissinger, para cada ministro su presidente es, simultáneamente, su jefe, su amigo y su alumno. La responsabilidad última es del presidente, pero como nadie puede saber todo de todo, le viene bien la interacción con sus ministros.

Peter Macfarlane sostiene que el director de una obra de teatro está para decirle a los actores que están haciendo macanas, antes de que se lo diga el público. Lech Kaczynski, presidente de Polonia, se mató junto al resto de los pasajeros, cuando obligó al piloto del avión en el que viajaba, a descender en un aeropuerto que estaba cerrado por razones climáticas.

-La relación entre el presidente y sus ministros la fija el primero de ellos.

-Efectivamente. En La casa está en orden Horacio Jaunarena lo explicó muy claramente:

"La manera de ejercer el gobierno por parte de Eduardo Duhalde era muy diferente de las de Raúl Ricardo Alfonsín y Fernando de la Rúa. Aparte de su enorme afectividad, el ex presidente Alfonsín nos trasmitía que nuestra presencia era absolutamente imprescindible para llevar el gobierno adelante. De la Rúa era un presidente distante y la sensación que flotaba en el aire era que formábamos parte del Gabinete claramente gracias a una concesión personal que él había resuelto hacernos y Duhalde trataba a sus ministros como pares, y el hecho de que fuera él el presidente y uno su ministro parecía ser una cuestión totalmente circunstancial".

-Don Federico, muchas gracias.

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