Un juego en el que todos pierden

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El moyanismo, el gobierno nacional y la sociedad toda quedaron inmersos en un peligroso juego en el que nadie gana y todos pierden. Los dos actores que protagonizan el conflicto pueden tener parte de la razón, pero difícilmente evitarán sufrir un elevado costo político si la pugna de poder se profundiza con consecuencias en la vida cotidiana de la población.

La presidenta Cristina Kirchner sabe que la incertidumbre y el caos son los peores compañeros de cualquier gestión gubernamental. El jefe de la CGT, Hugo Moyano, tampoco desconoce que su débil imagen en la opinión pública difícilmente pueda mejorar a partir de medidas de fuerza que dificulten el normal abastecimiento de combustible, el transporte de caudales, la provisión de dinero en los cajeros automáticos y la recolección de residuos.

Tan claro lo tiene Moyano que ayer, una vez acordado el aumento salarial de 25,5% entre el gremio camionero y la patronal del sector, retrocedió sobre los pasos dados la noche anterior y abandonó la idea del paro nacional previsto para estas horas.

La convocatoria a la jornada de protesta con paro y movilizaciones, proyectada en principio para el miércoles próximo desde la CGT, es también dura, pero carece del dramatismo que hubiera tenido si empezaba hoy, cuando todavía había largas colas de automovilistas ansiosos por conseguir nafta. Moyano ha encontrado una idea mejor para congraciarse con una parte de la sociedad que siempre lo detestó, pero que también mantiene serias diferencias con el Gobierno. Su intención de eliminar o limitar sensiblemente el impuesto a las ganancias sobre los ingresos salariales es compartida por cada vez más trabajadores.

Ocurre que el mínimo no imponible a partir del cual se aplica la retención impositiva no ha sido actualizado en función de la inflación real, por lo que cada vez más asalariados sufren un recorte en su ingreso neto. Hay casos, incluso, en los cuales el impuesto a las ganancias se come prácticamente la totalidad del aumento salarial logrado.

De allí que Moyano haya expresado que "los salarios de los trabajadores camioneros han pasado a segundo plano", ya que "el acuerdo con el sector empresario no sirve de absolutamente nada si no se aumenta el mínimo no imponible" del impuesto a las ganancias.

La otra idea de Moyano pasa por correr al Gobierno por izquierda, al acusarlo por su tendencia a "criminalizar la protesta social". Atacó, así, una bandera que los Kirchner siempre se preocuparon por exhibir, pese a que haya antecedentes de duras represiones en Santa Cruz.

Por si fuera poco, el secretario general cegetista comparó al gobierno de Cristina Kirchner con "una dictadura militar", en la cual "no se puede protestar ni ejercer el derecho de huelga".

La estrategia del dirigente camionero tiene un objetivo de mínima, que es mantenerse en la conducción de la CGT, cuyo congreso está previsto para el 12 de julio, para lo cual en las últimas horas envió mensajes contra las conducciones de gremios como el metalúrgico, de Antonio Caló, y el mercantil, liderado por Armando Cavalieri. Sostuvo que esos dirigentes, que hoy encabezan la oposición al moyanismo, no han sabido defender el salario de sus trabajadores.

Claro que ningún gremio como el camionero recibió tantos beneficios y prebendas como durante la presidencia de Néstor Kirchner, a partir del temor a perder el control de la calle que embargaba al ex presidente de la Nación. Por alguna razón, vinculada con la propia construcción del poder kirchnerista, Moyano dejó de ser aquel principalísimo socio estratégico del poder K para pasar a convertirse en un convidado de piedra.

Cristina Kirchner se convenció el año pasado de que ya no necesitaba a un dirigente camionero con mala imagen y "piantavotos". Después de consentir durante años medidas de fuerza que incluso llegaron a obstaculizar o impedir la distribución de los diarios Clarín y LA NACION, funcionarios kirchneristas ahora no dudan en calificar a Moyano de "extorsionador".

Como en otras ocasiones, la imaginación del poder político no tiene límites. Mientras se renovaban en voces kirchneristas las acusaciones sobre un presunto activismo destituyente, el programa de televisión oficialista 6,7,8 empleó un llamativo título en su emisión de anteanoche: "La operación de Moyano-Clarín-Barrionuevo, ¿y Scioli?". Varios dirigentes, con el vicegobernador Gabriel Mariotto a la cabeza, se ocuparon de refrescarle a la opinión pública las imágenes de días atrás, que mostraron a Daniel Scioli y a Moyano juntos en un partido de fútbol amistoso. Un tiro oficial a dos bandas, se podría decir, con miras a la gran pelea por la sucesión presidencial prevista para 2015.

Pocos creen que Moyano pueda cumplir su objetivo de máxima, que hoy es convertirse en el líder de la oposición. Sin embargo, sí podría, al igual que Scioli, recolectar a dirigentes peronistas heridos por sus enfrentamientos con el kirchnerismo, una tarea en la que sucedería a Eduardo Duhalde.

Y aunque su estilo confrontativo difícilmente le sume apoyos, el hecho de poner en evidencia aspectos delicados de la situación socioeconómica será su mejor arma para deslegitimar la gestión del Gobierno.

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