El fin de la guerra: de la angustia al inolvidable reencuentro

Dicen que la herida cerró. O está a punto de hacerlo. Pero saben que la huella interior que les dejaron esos 74 días de guerra -mientras velaban a sus hombres que combatían en Malvinas, mientras trabajaban para sostener como podían su casa y mientras criaban solas a sus hijos- nunca se borrará.

El final de la angustiante espera llegó el 14 de junio de 1982, cuando el general Mario Benjamín Menéndez, el gobernador militar argentino, firmó la rendición ante el general Jeremy Moore, a cargo de las tropas británicas. No ajenas a la decepción por la derrota, ese lunes de junio la tranquilidad de que todo había terminado y la esperanza de volver a encontrarse con su ser amado comenzaban a brotar dentro de Adriana Correa, Carmen Villegas y Mirta Carballo, parejas de ex combatientes.

Desde hace 30 años, las vidas de estas tres mujeres están unidas por la guerra en la que murieron 649 argentinos, pero sus historias tuvieron un final feliz: sus hombres volvieron vivos. Flacos, barbudos y callados, pero vivos.

La despedida

"Él estaba de baja en la fuerza desde noviembre del 81 porque teníamos un nene. El 2 de abril vimos que se había desembarcado en las islas y me dijo: 'Vas a ver, en una semana me llaman'. Y fue así: el 8 le llegó la carta y el 10 lo llevaron. No pude ni despedirlo", relata a LA NACION Adriana, que tenía 18 años cuando Carlos Correa entró en combate como miembro de la Compañía Tacuarí del Regimiento 3 de Infantería General Belgrano. Él apenas tenía 19 años, ya era padre y defendía su patria con un fusil encima.

Así se enteraron estas mujeres de que sus hombres iban a la guerra. Casi sin anestesia. Carmen, que por entonces estaba de novia con Manuel Villegas, recuerda que fue como un "hasta luego". "Un día se fue al cuartel a trabajar y no volvió. Él me venía diciendo que podía ocurrir...nos despedimos tres días seguidos, pero uno no toma conciencia de que puede ser de un momento a otro", admite ante este medio la mujer de quien fuera uno de los sargentos en la Compañía Tacuarí.

Le di un beso así nomás y me fui como si fuera a la esquina; capaz era la última vez que la veía a ella y a mis hijos

Quien ya se imaginaba algo era Mirta, que hasta le reprochó en broma a su marido, Pablo Carballo, sus ganas de entrar en combate: "Ojalá que te lleven porque ya no te aguanto más", le dijo un día. Su esposo recibió la orden de despegue el 17 de abril. Era el segundo en el 1° Escuadrón de la Quinta Brigada Aérea de Villa Mercedes, San Luis.

"Le di un beso así nomás y me fui como si fuera a la esquina, aunque capaz era la última vez que la veía a ella y a mis hijos", cuenta Pablo, que prefirió hablar él para esta entrevista.

La vigilia

Mientras los hombres entraban en combate a unos 2000 kilómetros de distancia, las mujeres luchaban frente a la adversidad del día a día. Tenían hijos que criar, trabajo que cumplir y una casa que mantener.

"Por más que tuviese tres años, sintió la falta del padre. No comía, no dormía y se enfermó", dice Carmen, que llevó a la hija que tenía con Manuel, Silvana, a la casa de su suegra en Córdoba para que mejore. Los días de Carmen en Buenos Aires se volvieron rutinarios: rezaba, trabajaba en la cocina de una clínica y escuchaba las noticias. "De la angustia casi no podía dormir", señala.

Adriana no sólo tuvo que cuidar al pequeño Cristian, que cumplió su primer año el mismo día que su padre llegó a Malvinas. A las pocas semanas de comenzada la guerra, se enteró que estaba nuevamente embaraza.

Los nervios y la angustia hicieron que tuviese un embarazo de miércoles. Estuve con valium hasta el quinto mes

"Los nervios y la angustia hicieron que tuviese un embarazo de miércoles. Estuve con valium hasta el quinto mes", afirma Adriana. Para ahorrar gastos, se mudó a la casa de sus padres en San Martín y salió a buscar trabajo con un bebe en brazos y otro en camino. "Cuando mi marido vino no había para comer -afirma-, pero no teníamos ninguna deuda".

A mediados de mayo, Mirta recibió un llamado del jefe del piloto A4B Skyhawk. "Tu esposo está muy loquito. Hacé algo porque lo van a matar", escuchó por el teléfono.

"Yo quiero ir a darte un beso antes de que te maten. Hacé lo que tengas que hacer, que yo voy a saber cuidar a tus tres hijos", le dijo Mirta a Pablo Carballo en un llamado posterior, y a los pocos días consiguió viajar hasta Río Gallegos para estar cuatro días con él.

"A principios de junio volvió con mis hijos y se fue a la iglesia. 'Dios, si tiene que morir que muera, pero dame las fuerzas para seguir adelante', me contó que le rezó", recuerda Carballo. "Ella en las cosa difíciles es extraordinaria. Siempre me apoyó al máximo en todo".

El reencuentro

El 14 de junio cayó como un baldazo de agua fría. Las mujeres de los combatientes no sabían si sus parejas estaban con vida. Habían recibido cartas de ellos, sentían que estaban conectados mirando las estrellas -como cuenta Adriana- o tenían una fe interior poderosa, pero la falta de información luego de conocerse la rendición aumentaba la angustia.

Casi un mes después me llamó. Me quedé helada porque no sabía nada

"Casi un mes después me llamó -subraya Carmen-. Me quedé helada porque no sabía nada". Villegas fue malherido en combate, pero uno de sus soldados -Esteban Tries- lo rescató en medio del fuego enemigo. Al enterarse de que estaba internado, Carmen viajó con su cuñada a Comodoro Rivadavia. "Estaba flaco y se había dejado los bigotes. Era raro", dice entre risas la mujer, pero asegura que ya estaba tranquila.

"Recién el 20 junio me enteré que había vuelto -cuenta Adriana-. Mi papá había escuchado que estaba en Campo de Mayo pero no fue una noticia muy difundida". Físicamente, Carlos era otro: tenía 10 kilos menos y se le contaban las costillas. "Fue un encuentro raro y efusivo -dice ella-. Pero era él y no una alucinación".

Tras la guerra, de vuelta en casa, comenzó otra lucha, donde las mujeres hicieron las veces de "psicólogas cama-adentro". "Durante el primer mes Carlos se levantaba a mitad de la noche porque estaba empapado en sudor. Como los combatientes no tuvieron asistencia, era llevar la situación como se podía. Escucharlo en sus palabras y en sus silencios", recuerda Adriana.

¿Malvinas es una herida cerrada? "Estamos más tranquilos, pero es inevitable el recuerdo. Siempre, siempre está presente", responde.

"Cuando mi papá volvió le dimos las gracias a Dios. Pero también nos sentimos mal por las familias que perdieron seres queridos", destaca Silvana Villegas, que hoy ya tiene 35 años y junto a su madre, Carmen, recuerda que el tiempo ayudó a que Manuel hablase en familia sobre lo que vivió en la guerra. "Lo acompañamos en silencio y no quisimos preguntar hasta que él lo decidiera", expresa.

"Un hombre que fue a la guerra no es el mismo. Una parte de él muere y la vida diaria no es la misma", reflexiona con conocimiento de causa Pablo Carballo, que destaca el apoyo de Mirta: "Mi mejor terapia fueron mi mujer y la Iglesia". Después de la guerra tuvieron tres hijos más y este año cumplen 40 de casados. "Estamos cada vez más enamorados", afirma el piloto, que por su actuación en Malvinas fue condecorado con la Cruz al Heroico Valor en Combate.

Carmen, Adriana y Mirta no combatieron en las islas, pero lucharon contra la adversidad diaria en el continente como si estuvieran en un verdadero campo de batalla. Soportaron la soledad, la desinformación y la angustia. Se convirtieron en psicólogas, rezaron y agradecieron el regreso. Pero más allá del dolor por la guerra, se mantuvieron en pie. Y hoy, 30 años después de Malvinas, pueden decir que están tranquilas y que la herida cerró. O está a punto de hacerlo.

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