En el nombre del padre


Papá se va a la guerra

Con Malvinas, Susana dice que perdió dos cosas: un padre y una infancia. Uno se llevó a la otra. —Malvinas fue la madurez abrupta —grafica la hija de Pablo Armando Ortiz, quien zarpó hacia la guerra cuando Susana tenía ocho años.

El día de la despedida quedó grabado en su retina. Era habitual que él, antes de irse de viaje, hablara con su mujer, Dominga, la mamá de Susana. Le gustaba dejar las recomendaciones pertinentes.
Sin embargo, aquel día Pablo salió muy temprano y lo único que recuerda hoy Susana es que le dio un beso y se fue. El suboficial Ortiz compartió aquel viaje con 1.093 tripulantes, entre los que se encontraban oficiales, suboficiales, cabos, marineros, conscriptos y dos civiles encargados de la cantina del buque.

La misión original asignada al General Belgrano era navegar hasta el Teatro de Operaciones (TOAS) —es decir, la zona del conflicto— y estacionarse en la Isla de los Estados; cumplir
tareas relacionadas con la vigilancia de los accesos Sur al TOAS, interceptar unidades del enemigo y disuadir en el marco regional.

Luego de patrullar unos días la zona de Isla de los Estados, el 22 de abril a las 18:30 el Belgrano llegó al puerto de Ushuaia para reabastecerse, cargar combustible y cambiar lotes de municiones.
Fue el último punto de la Argentina continental que tocó el buque antes de desaparecer en las aguas del Atlántico sur bajo el fuego de los torpedos británicos.

Desde allí, Pablo les escribió una carta a su mujer y a su hija. En esas líneas, entre otras cosas, les decía que se compraran la mejor ropa para el 20 de junio, ya que aquel día sería el momento para presenciar la ceremonia de su ascenso a suboficial segundo, y la ocasión donde recibiría la ansiada espada de mando.

Sin embargo, a medida que Dominga leía aquella carta, sentía que la prosa sonaba, por momentos, a despedida. Susana lamenta ahora haber perdido ese manuscrito. La mañana del 24 de abril la embarcación abandonó el puerto. Cuatro días más tarde, el 28, se reunió al norte de la Isla de los Estados con los destructores Piedra Buena y Bouchard, y con el petrolero Puerto Rosales, con los que conformó un grupo de operaciones. La orden para el General Belgrano era mantenerse en espera en la zona de los meridianos de Isla de los Estados y el Banco Burdwood.

El hundimiento del General Belgrano se produciría el 2 de mayo de 1982 a las 17. Una hora antes, el submarino nuclear británico Conqueror había recibido la orden de destruirlo. El
primero de los tres torpedos MK-18 —lanzados desde una distancia de cinco kilómetros— impactó a las 16:02. La nave argentina se sacudió violentamente.

Unos minutos después, sobrevino el segundo impacto. Con esta explosión se desprendieron doce metros de la proa del crucero. El tercer torpedo nunca llegó a destino.

El hecho conmocionó a toda la Argentina. Y a buena parte del mundo. Aunque la información llegaba con cuentagotas. Dominga se enteró del hundimiento por la llamada de un vecino. Susana recuerda a su madre frente al televisor, ansiosa por escuchar los flashes de los noticieros acerca de la guerra.

—Nunca me quería decir nada. Cada vez que se venía un informativo me mandaba a hacer algo —rememora—. Y después yo no entendía mucho, pero íbamos siempre temprano a
varios hospitales y veíamos pasar los colectivos que traían sobrevivientes.

Era ir tempranísimo y volver tarde. Mi mamá no me decía nada. Susana y su madre fueron a la escuela de oficiales de la Armada, donde comenzaban a aparecer los primeros listados de
sobrevivientes.

De a poco todo empezó a ser muy evidente. Hasta que un día Dominga no tuvo otra alternativa que enfrentar a su hija. Juntó coraje, y la esperó a la salida de la escuela
para explicarle que el barco en el que viajaba su padre había sufrido un accidente.

—Todavía no sabemos si papá está bien —le dijo Dominga a una chiquita que sintió ganas de llorar pero que, según recuerda, se contuvo en silencio como para demostrar aquella
cosa tan arraigada llamada obediencia.

A los pocos días, cuando volvían de hacer unas compras, llegaron a su casa y descubrieron que en la puerta las esperaban dos personas de uniforme. Dominga le agarró la mano muy fuerte a Susana. Aquellos hombres traían la peor noticia.

“Tenemos el desagrado de informarles que a Pablo Ortiz lo damos por desaparecido luego del hundimiento del Belgrano”,les comunicaron.

Luego todo fue terrible.

Dominga sintió ganas de morir: su compañero de vida la había dejado a los treinta y seis años, sola con Susana, su única hija. Aquella madre iba a tener que sobreponerse a una depresión
muy potente. Durante aquellas primeras horas Susana casi no pudo reaccionar. Recuerda que en aquel momento estaba estudiando para recibir su primera comunión.

—Me peleé con mi catequista —cuenta—, porque me estaban enseñando que Dios era bueno. Y Susana repetía siempre lo mismo: “Dios es malo, se llevó a mi papá”.

Entonces empezaron los llantos de desahogo: primero se despertaba llorando sola, de madrugada, y trataba de contener el ruido para que no la escuchara su mamá.

—Cada vez que mi papá se iba a navegar yo lo esperaba con una ensalada de tomate y lechuga. A él le encantaba. Cuando se fue en el Belgrano quise hacer lo mismo. Pero nunca volvió, y fue terrible—sigue narrando Susana, que parece querer ablandar el relato.

Hace una pausa.

—Mi papá está desaparecido —agrega, sensibilizada—. No tenemos nada de él —y su sólida coraza militar cae del todo.

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