Efectos de una democracia poco competitiva

La crisis que padece el sistema político desde 2001 sigue abierta. El cacerolazo de anteanoche fue su última manifestación. La indignación de las multitudes que se volcaron a las principales plazas del país es el síntoma de una deformación: el país está regido por una democracia muy poco competitiva, en la que el que manda está separado del que debiera limitarlo por un abismo electoral de 37 puntos. La protesta callejera es otra cara de ese monopolio de poder. Expresa un malestar que avanza entre una oposición sin organización ni discurso, y un oficialismo que se repliega sobre sí mismo sin reconocer otra legitimidad que la propia. ¿Cómo se canalizará esa corriente? ¿Qué cambios imprimirá al sistema formal de la política? ¿Quién dará una satisfacción a estos indignados? Son nuevas incógnitas, misteriosas, que entraron en escena al son de las cacerolas

El reto más urgente se dirige hacia el Gobierno, principal destinatario de los reproches. Responderlo no será fácil, sobre todo porque no está clara la pregunta. Cristina Kirchner justifica el abuso de la cadena nacional en que su vínculo con la ciudadanía es inmediato. Ahora una parte de esa ciudadanía decidió también quejarse sin intercesores. ¿Cómo negociar con esos revoltosos? No sólo carecen de partido. Tampoco cuentan con un Blumberg o una Mesa de Enlace que defina por ellos. Para designar a este tipo de revueltas, el sociólogo Manuel Castells acuñó el término "wikirrevoluciones". "Wiki" refiere a un texto colectivo, en el cual cada autor agrega un párrafo. Los reclamos de los movilizados de anteanoche son así, fragmentarios e imprecisos.

Aun cuando las demandas fueran más ordenadas, quizás el kirchnerismo tampoco las podría saldar. Si la Presidenta necesitaba mantener la llama de la reelección para conservar el poder, las concentraciones la atan más a ese talismán. Tampoco hay indicios de que el Gobierno quiera aplacar a los caceroleros con un plan de combate a la inflación. Y mucho menos que logre emanciparse de su matriz autoritaria. La línea argumental del kirchnerismo fue fijada por un cable de Télam: había que trivializarla por burguesa y, en consecuencia, artificial. Por mezquindad, o por dificultades para interpretar lo sucedido, la cobertura de la prensa oficial fue más escueta que la de los medios extranjeros.

El Gobierno interpretó los hechos con la misma lógica binaria que provoca las protestas. Esa dialéctica lo llevó al lugar común más esperado: organizar una concentración de adhesión a la Presidenta. Memorías de la "Plaza del sí", que Neustadt y Barrionuevo organizaron en 1990 para sacar a Menem de una depresión.

Si el kirchnerismo no supera su adicción a la polarización cuando las circunstancias se están modificando quedará enfrentado a una escena más compleja. Desde su victoria electoral, Cristina Kirchner parece haber decidido que los que estaban algo enojados deberían enojarse del todo. No sólo redujo sus palabras y sus acciones a halagar a su propia audiencia. Además, descargó el rigor del ajuste sobre los sectores que no la habían votado. Es el curso de acción que corresponde a la creencia de que la propia facción es el país.

Esa inclinación agravará las tensiones en el PJ. El cacerolazo sorprendió por su alcance federal. Los gobernadores y líderes del PJ se alarmaron al verlo multiplicarse por todo el interior. ¿Se resignarán a enajenar un universo electoral para ellos disponible, por culpa de una política inconsulta que se gerencia en Buenos Aires? ¿O intentarán tender un puente con esos votantes con un discurso que los irá enfrentando al orden cerrado de la Presidenta?

Es la dinámica que impera en Córdoba. De la Sota advirtió temprano el rechazo de la opinión pública provincial hacia la señora de Kirchner y tomó distancia. ¿Los cacerolazos convertirán a De la Sota en un pionero? La pregunta cabe para toda la nomenclatura peronista, pero, sobre todo, para Daniel Scioli. Muchos vecinos de clase media que llegaron a la Plaza de Mayo tal vez votarían hoy por Scioli. O por Sergio Massa, otra celebrity al que este happening de la bronca obliga a recalibrar sus coordenadas respecto del Gobierno.

La obstinación de los Kirchner en el conflicto con el campo forzó a varios caudillos a optar por el electorado rural, aun a costa del escarmiento fiscal de la Casa Rosada. A los gobernadores les llegó otra vez la hora de arbitrar desasosiegos: ¿a quién hay que temer más? ¿A la Presidenta o a los votantes?

El cacerolazo también perturba al sindicalismo . Para la CGT-Balcarce ya era difícil encontrar un secretario general que acepte la inflación adulterada. La movilización apuntó a esa anomalía complicando a los rivales de Moyano. Curioso: Gerardo Martínez confesó ayer a "Chiche" Gelblung que existen negociaciones con el camionero y con Barrionuevo para conseguir un esquema de unidad.

Los desafíos no se limitan al ajedrez electoral o corporativo. La protesta fue, explícita o subliminal, una contestación a la broma mal calculada de una Presidenta que reclamó un poco de miedo. La pasable irreverencia de las familias que inundaron las plazas por la noche contrasta con el doble estándar de una dirigencia política y social que cada vez más amolda su conducta a su temor. Sin ir más lejos, los jueces que días atrás homenajearon al ex procurador Esteban Righi adoptaron los recaudos de quien realiza un acto clandestino.

Más allá de los arreglos de cuentas que la rebeldía de las capas medias provoque en el oficialismo, a ningún actor de la vida pública el cacerolazo interpela más que a la oposición. El malestar de las plazas refleja una aritmética electoral. En octubre pasado, el 46% del electorado votó porque Cristina abandone el poder. Pero la política profesional no supo ofrecerle un liderazgo, una organización y una narrativa que exceda un consenso del 17%. Esa brecha explica el recurso a la acción directa de los disconformes. Sobre las ruinas del bipartidismo atemperado que reinó entre 1983 y 2001 se levantó una hegemonía, un unicato que se sustenta más en la falta de alternativa que en el fervor plebiscitario que suscita. Los contestatarios del jueves son "los huérfanos de la política de partidos" sobre los que teorizó Juan Carlos Torre.

Este vínculo entre crisis de la organización política y protesta callejera provocó algunos movimientos en el campo opositor. Patricia Bullrich, Federico Pinedo y Eduardo Amadeo suscribieron ayer una convocatoria a coordinar a los que piensan parecido. Con más sigilo, entre Macri y De Narváez también se abrió una negociación. Macri sabe que su mayor fragilidad está en la provincia de Buenos Aires, donde el peronismo cuenta con la carta kirchnerista o, en su defecto, con la de Scioli como reemplazante. Algunos dirigentes de Pro creen que Macri sólo superará ese límite postulándose como diputado bonaerense: "Quien venza a Alicia Kirchner es el próximo presidente", insisten. A Macri esa estrategia lo fastidia. Igual son martingalas. No van al fondo del problema.

Cuando comenzó la insurgencia ciudadana en Medio Oriente se habló de primavera. Pero la palabra se ha vuelto problemática a la luz de los resultados que va ofreciendo ese proceso. La ola de intolerancia que recorre hoy el islam se emparenta con aquella promesa idealizada. Salvo para quienes militan en un antikirchnerismo ingenuo, los cacerolazos son un enigma abierto. Depende de la plasticidad de la Presidenta, y de la solvencia de los rivales, que algún día se transformen en una primavera.

Cargando...

YAHOO NOTICIAS EN FACEBOOK