A dónde van los patos en invierno

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NUEVA YORK.- Desde hace exactamente un año que esta redactora y su hija cruzan cuatro veces por semana Central Park. Una va a pie, la otra en su cochecito, rumbo a la guardería infantil al otro lado del parque. Si bien este invierno fue relativamente benigno, hubo muchas mañanas de frío, viento y nieve en las que se sentían las únicas personas entre los árboles y las praderas. Circulaban también los atérmicos joggers , pero como bajo cualquier condición meteorológica están allí quemando calorías, no cuentan.

Con la llegada de la primavera fue curioso que, al ver la explosión de niños en los juegos, de adultos haciendo picnics y de jóvenes lanzándose el tan americano frisbee , la primera sensación fue de recelo ante la invasión. Bajo la lluvia helada, el parque era un santuario privado; ahora había que compartirlo.

La sensación no duró mucho, después de todo, con el buen tiempo abren también las canchas de tenis del parque que son de uso intensivo por parte de quien esto firma, así que calavera no chilla. Pero fue curioso encontrar cuán posesivo uno se puede volver de este (enorme) espacio público. Eso mismo le ocurrió a una buena parte de los escritores y periodistas que participaron en la flamante antología titulada simplemente Central Park .

En su introducción al libro, Adrian Benepe, comisionado a cargo de espacios verdes de Nueva York, recuerda, por ejemplo, al "Poeta O", quien compuso una oda al Central Park recordándolo con nostalgia como el "gran sanitario al aire libre" que fue durante las décadas del 70 y 80, cuando el parque estaba muy abandonado y la gente hacía allí sus deposiciones.

En el libro hay trozos de maravillosas obras de Paul Auster, Jonathan Safran Foer y Colson Whitered, en las que el parque es protagonista. Pero lo más interesante es la publicación de un muy popular ensayo de 1994 que escribió una funcionaria del parque, Marie Winn, contando el secreto mejor guardado del mismo: a dónde van los patos que desaparecen de su lagos en invierno.

Como esa pregunta se la hacía también Holden Caulfield en El guardián en el centeno , se volvió parte de la mitología literaria de la ciudad. Winn afirma que los patos no desaparecen, que muy pocos vuelan a zonas cálidas y que la mayor parte simplemente se aloja en lugares más resguardados que no se congelan.

Su ensayo desafiando a Caulfield es encantador, pero tiene que ser errado. Cuatro meses empujando en el cochecito a alguien que, con la cara desolada, miraba a lo largo y a lo ancho de los espejos de agua y se preguntaba "¿ papos ? ¿ papos ?" (como la niña llamaba a los palmípedos) es prueba fehaciente de que Caulfield estaba más acertado que las autoridades, aunque sólo fuera un personaje de ficción de J.D. Salinger.

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