Lo que le cuesta es manejar la ruptura

Hugo Moyano dio vuelta, ayer, sus cartas. En el acto que presidió en la Plaza de Mayo quedaron delineados sus posibilidades y sus límites. Enfrentado a Cristina Kirchner y bastante aislado del resto del sindicalismo, Moyano mostró su verdadera dimensión.

La manifestación no superó la frontera del gremialismo enemistado con el Gobierno. La Plaza de Mayo se cubrió por la mitad, con unas 50.000 personas movilizadas por el sindicato de camioneros con el aporte de tres organizaciones: los gastronómicos de Luis Barrionuevo, los municipales de Amadeo Genta y los trabajadores rurales de Gerónimo Venegas. Las agrupaciones de izquierda, desde Barrios de Pie hasta el disciplinado Partido Obrero, ocuparon los bordes de ese núcleo.

Casi no se vieron independientes. Hubo, sí, esa clientela juvenil que vive a la sombra de los sindicatos y "milita" en las barras futboleras. Balance provisional: Moyano confirmó que su organización le responde, que está en condiciones de llenar un estadio, pero que su convocatoria carece de respuesta fuera de su propio universo.

Cristina Kirchner, de todos modos, no debería festejar. Aunque improvisada e inmadura, la de ayer fue la primera protesta popular que debe soportar, reunida en la Plaza de Mayo, con las resonancias simbólicas que tiene ese espacio para el peronismo. No se puede desdeñar ese debut, sobre todo porque la economía ingresó en un ciclo de ajuste que determina, entre otras novedades, el deterioro del empleo y la caída del salario.

El discurso de Moyano fue ambiguo. Los llamados al diálogo quedaron desfasados con las agresiones personales. Evocó que durante la dictadura los Kirchner se recluyeron en la Patagonia a ejecutar hipotecas. Pero insinuó que su tono podría cambiar si las autoridades no fueran tan soberbias. No consiguió diagnosticar los motivos generales de la ruptura. Cuando quiso definirlos habló de males que están por venir. Como si estuviera protestando a cuenta de una crisis que todavía no se desató, como si ese acto se debiera realizar más adelante. Pero, claro, las elecciones sindicales serán el próximo 12 de julio. Aún así, hubo señales sobre la estrategia futura de Moyano: sus reiterativas apelaciones al peronismo desnudan que pretende ser un elector en la puja sucesoria. La plaza de ayer también fue una demostración destinada a Daniel Scioli.

Moyano fue también contradictorio. Explicó que los éxitos económicos del oficialismo se debieron a la bonanza internacional. Aun cuando fuera cierto, no corresponde que lo diga quien, la tarde en que murió Néstor Kirchner, equiparó al difunto con Juan y Eva Perón por los beneficios que derramó sobre los trabajadores. Explicó que sus rivales en la CGT quieren reemplazarlo por un delegado del Gobierno. También puede ser verdad. Pero él no sería secretario general si no fuera porque la Casa Rosada forzó a los demás sindicalistas a elegirlo. La incongruencia más chocante fue, sin embargo, ver al camionero reclamar apertura y pluralismo: si sus compañeros quieren desplazarlo es porque, cuando se asoció con los Kirchner, aprovechó ese vínculo para establecer un unicato en su propio beneficio.

Extravíos conceptuales

La oratoria y el lenguaje corporal de Moyano acompañaron esos extravíos conceptuales. Estuvo nervioso y disperso. Venegas debió ofrecerle un vaso con agua para que, en una pausa, tomara aire. El camionero está sometido a mucha presión. Mientras preparaba el acto, en su trastienda hubo movimientos desagradables. Guillermo Moreno anuló el apoyo de Jorge Lobais (textiles) y de Alberto Fantini (carne) con un par de llamadas telefónicas. A Juan Carlos Schmid (dragados) se lo vio por última vez, por la mañana, en la CGT. No apareció por la plaza. Y Omar Plaini (canillitas) se negó a ponerse en la primera fila del palco.

No alcanzan las gestiones del Gobierno para explicar las deserciones. El problema es más complejo y entraña una lección, sobre todo para Scioli: Moyano no consigue graduar su transición. Tal vez no haya proceso político que requiera más profesionalismo que la administración de una ruptura.

Hace falta calibrar la agresividad retórica, tejer alianzas subterráneas, cortar en el momento oportuno. Los rencores personales, o las urgencias que imponen los acosos -sean fiscales o judiciales- son malos consejeros. El camionero está urgido por las elecciones del 12 de julio. Apenas pasaron nueve meses desde que su hijo Facundo triunfó como candidato a diputado en la lista de la Presidenta.

El drama cronológico de Moyano encarna en Héctor Recalde, su abogado laboralista y representante en el Congreso, quien anteayer aplaudió en primera fila a la señora de Kirchner cuando ella denostaba a quien contrata sus servicios desde hace varias décadas. La oradora, que no le ahorra un mal momento a nadie, agradeció esa presencia. A Recalde, papá del presidente de Aerolíneas, no sólo se le ha dividido el corazón. También la inteligencia: promotor de que los trabajadores se queden con parte de las ganancias de las empresas, no tiene objeción alguna a que el fisco se quede con parte de las "ganancias" de los trabajadores.

División

El líder de los camioneros sabe que ya no presidirá una CGT unificada. Es la razón por la cual ayer vituperó al ministro de Trabajo. Antes del próximo miércoles, Carlos Tomada habilitaría la fractura aceptando las impugnaciones de los rivales de Moyano al congreso sindical. De inmediato, los 19 miembros del Consejo Directivo enfrentados al camionero llamarán a otro congreso. La división se habrá, de ese modo, formalizado. Con una economía que camina hacia la recesión, el Gobierno se propone que ninguna organización obrera esté legitimada.

La estrategia fue analizada anteanoche por los adversarios de Moyano, durante una comida de la que participaron los "independientes" -José Luis Lingieri, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez y Omar Viviani- y "los Gordos" -Oscar Lescano, Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo-. Lingieri informó con lujo de detalles la entrevista que su cuarteto mantuvo con Cristina Kirchner el jueves pasado. "Está sacada con el Negro -por Moyano-, y nos prometió que, cuando se anule la elección, recibirá a la nueva CGT." El titular de Obras Sanitarias trataba de suturar la herida abierta con "los Gordos", quienes antes de integrar el núcleo oficialista ya fueron excluidos de una visita a Olivos. Lingieri se mostró más tranquilo en relación con las angustias que había confesado en un conciliábulo anterior, en la sede de Sanidad, cuando despotricó contra La Cámpora por su injerencia en AySA, la empresa estatal que él administra. Con la mención del camporismo reapareció el apellido Recalde. La sobremesa se animó con una incógnita: ¿ayudará el abogado a su jefe camionero en la nueva pelea reglamentaria? ¿O la batalla lo encontrará al lado de Cavalieri, su viejo socio inmobiliario? Las vueltas de la vida.

Rodríguez y Martínez se reservaron esa noche un dato clave. Presentarán a la Presidenta una propuesta para aumentar el mínimo no imponible de Ganancias y las asignaciones familiares. La resolución podría emitirse a fines de julio, cuando el acto de ayer esté borroneado en la memoria. Comprensible. La consigna de Moyano no podría ser más dolorosa para el proyecto nacional y popular: "El salario no es ganancia".

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