El byte se corta por lo más delgado - Parte II

Era obvio. Terminaba de armar una computadora nueva y le había puesto una placa Wi-Fi de una marca que nunca había usado (TP-Link) y diferente de la de mis dos routers (Linksys). Entonces, justo entonces, la conexión de red empezó a fallar. Cada tanto, nada grave, pero muy irritante. El corte duraba unos minutos y después el vínculo se restauraba. Podían pasar dos o tres días sin novedad, pero luego el fenómeno se repetía veinte o treinta veces en una tarde. Era obvio: la culpa era de la nueva placa Wi-Fi.

No pudiendo confiar, pues, en la conexión inalámbrica, me disponía a tirar un cable de red cuando advertí que lo único que en realidad se caía era Internet. La red local, que conecta otras tres computadoras, el smartphone y un router puente, seguía en pie. Absolví a la TP-Link y me puse a revisar cuanto parámetro de Internet existe, cambié los DNS (vengo usando los de Google), regresé a los de antes, y nada. Además, era un error al azar, el peor tipo con el que uno puede encontrarse. Pero descubrí un patrón, finalmente: la situación estaba agravándose. Era un deterioro lento, paulatino, paciente y, al parecer, irreversible.

72 horas

Hora de llamar al soporte del proveedor de Internet (o ISP, por sus siglas en inglés). Sabiendo lo que me aguardaba, subí al primer piso y me senté junto a una máquina que está lista para conectarse directamente al ADSL, por si me salen con que no dan soporte a routers Wi-Fi. Mientras discaba caí en la cuenta de que la luz que indica que el módem ADSL está en línea con la red del ISP (etiquetada como WAN, por Wide Area Network ) estaba titilando. Había revisado esto antes, suele ser la primera señal de que el ISP tiene alguna clase de dificultad, pero hasta ahora se había mantenido constante. Ya no. Mala señal.

Para mi asombro, el soporte técnico me respondió enseguida. Me hicieron apagar el ADSL y volverlo a encender. Verificaron la conexión y me informaron que había problemas con la línea y que me anotaban para enviarme un técnico que la revisara. OK. Peor señal.

Como no me gusta estar offline , la instalación de telefonía es de las cosas que más cuido; la unión entre el cable que viene del poste hasta mi estudio está protegida por un tubo flexible, todo bien sujeto a la pared y decentemente sellado. No podía ser eso, y era algo tarde para, sólo por si acaso, subir a revisar el cableado.

En ese momento la luz de WAN quedó fija de nuevo y se lo informé al agente del soporte técnico, que de todas maneras me prometió que me enviarían un técnico en las próximas 72 horas; promesa incumplida, dicho sea de paso. Nunca vino, aunque esta vez, debo admitirlo, el ISP no era el responsable. Ni cerca, digamos.

Yo adivino el parpadeo

Antes de llamar al proveedor había desconectado el Wi-Fi principal, pero ahora Internet había vuelto y lo volví a enchufar. Ocurrió en ese momento algo extrañísimo. En lugar de encenderse, la luz de on del router empezó a bailar un malambo que nunca había visto. Y mire que he visto cosas.

Lo desenchufé de inmediato. ¿Qué podía significar ese pícaro parpadeo? "¡No me digas que el router está fallando!", supliqué. Sólo el Señor sabe dónde puede estar el manual de ese equipo en esta casa repleta de aparatos, placas, software y documentación, así que escogí el camino más corto. Desenchufé el cable del respaldo del router, que conjeturé mal conectado, volví a enchufar la fuente a la pared y ésta, al Wi-Fi, y, tal como lo esperaba, y para añadir más confusión a la pesquisa, arrancó sin problemas.

Lo miré con recelo. Las máquinas no dudan. Ni parpadean, para el caso. ¿Otro falso contacto en mi vida? Seguramente, me consolé. Pero sabía que algo no estaba nada bien.

Tenía Internet de nuevo, sin embargo, y ya no volvió a fallar. Hasta que me fui a dormir, cuando menos.

¡Crac!

Al día siguiente, como es mi costumbre, abrí un ojo y antes de abrir el otro ya había activado el Wi-Fi en el smartphone. Pero no había Internet. Produje algo de discurso poco pulido mientras abría la configuración del smartphone para cambiar al router principal. Después de todo, el puente es un viejo Linksys que, por la edad ( y otras cosas ), podría haberse vuelto problemático. Me esperaba una bonita sorpresa.

El smartphone me decía que el router principal estaba fuera de rango. Bien, mi casa es grande, pero no tan grande. La señal del Wi-Fi principal no llega a mi dormitorio con mucha fuerza, pero llega. Cambié de posición el teléfono, lo levanté en el aire, en ese momento me sentí verdaderamente ridículo y concluí lo obvio: el router estaba fuera de rango porque se encontraba apagado. Ese parpadeo de anoche no había sido sino el último esfuerzo antes de malograrse.

Después de una ducha y un café que no logró mejorar mi humor, subí al primer piso y hallé lo previsible: el Wi-Fi principal estaba off . "Fuera de rango, un rábano", protesté.

"Veamos", me dije, mientras dejaba los anteojos en el suelo para revisar de cerca el tomacorriente. Confirmé que el router estaba bien enchufado. Por lo tanto, había 3 cosas que podían estar fallando: el router, su fuente de alimentación o el toma. Aposté a que era la fuente, me puse de pie rezongando, porque esto ya me había ocurrido varias veces, di un paso atrás, y ahí oí "¡crac!" Los anteojos. "¡No, no, no, lo que me faltaba! ¿Por qué?", exclamé. Por dejarlos en el piso, mentecato.

Mis gafas estaban desechas, pero podían esperar; lo primero era medir. Saqué el voltímetro y observé que el enchufe entregaba los casi 220 voltios de rigor. Enchufé la fuente y medí si entregaba sus 12 voltios. Pero no. Nada. Cero. "Te tengo, villana", gruñí con una prematura sonrisa de triunfo en el rostro.

No me iba a ganar una fuentecita fallada, por supuesto. Fui hasta el armario donde guardo todos los muletos que uno pueda imaginar, incluida la grasa para los microprocesadores, y saqué mi as en la manga.

Compré este aparatito cuando a un módem ADSL se le quemó la fuente, hace varios años, y el proveedor de Internet me informó, muy suelto de cuerpo, que tardarían una semana en venir a reemplazarlo. ¡Una semana! ¡Pídanme que deje de respirar una semana!

De ninguna manera. Me acerqué a una casa de electricidad y me hice de una fuente múltiple. Puede ofrecer de 2,5 a 12 voltios y tiene todos los tipos de conectores habidos y por haber, más un switch para cambiar la polaridad. Así que es posible usarla con casi cualquier cosa que ande con corriente continua.

La configuré para emular la fuente del router, la enchufé a la pared y luego al Wi-Fi. Arrancó sin problemas. Desconecté todo, guardé la preciada fuente múltiple y llamé a mi proveedor de hardware para contarle lo que había ocurrido y pedirle una fuente nueva de 12 voltios a 1 amperio. Me alcanzaron el repuesto ese mismo día y, el viernes a la noche, cuando regresé del diario, todo volvió a la normalidad. Fuente nueva y conexión impecable.

1 mega menos

Excepto por un pequeño detalle: las páginas tardaban en cargar un poco más de lo que mi paciencia está dispuesta a soportar. Cerré todo, abrí Speedtest.net y descubrí que, en efecto, la velocidad había bajado de los 3 Mbps que se supone debo tener, y que, de hecho, siempre tengo, a 2 Mbps. Revisé toda la red, por si alguna máquina estaba en ese momento obteniendo actualizaciones, pero todas se encontraban ronroneando ociosamente. Cambié de un router a otro. Lo mismo. Medí la velocidad con el smartphone. Igual.

No me gustó, para decirlo finamente. La verdad es que el hecho de que la fuente del router hubiera fallado no significaba de ningún modo que el ISP no tuviera, además, alguna dificultad. Pero era tarde, estaba cansado y supuse que se trataba de algo pasajero. Al día siguiente mediría de nuevo la tasa de transferencia y, si seguía siendo baja, reclamaría.

Lo hubiera hecho, el sábado por la mañana, si hubiera tenido conexión. Pero no. Estaba offline otra vez.

Fui hasta el módem ADSL pronunciando toda clase de imprecaciones contra el proveedor, inmerecidas esta vez, y me encontré con la luz de WAN de nuevo titilando. "¿No te digo?", vociferé en modo berserk , y disqué el número del soporte. Misma conversación en menos de 36 horas. Mismas respuestas. Misma promesa de técnico (que nunca vino, ¿lo dije?). Colgamos. Mi pesadilla: todo el fin de semana sin Internet, ya lo podía anticipar.

Sin embargo, había algo, algo que no sé qué es -quizá los muchos años de tratar con soportes técnicos-, que me decía que el aprieto estaba de mi lado. Que el ISP no tenía ningún incidente y que había un factor que no estaba tomando en consideración. Mentalmente, revisé todo el circuito una vez más.

Céfiro IP

No, no tenía sentido. Que fallen dos cosas a la vez es tan raro como ganarse la lotería. Dos veces. La luz de WAN volvió a quedar estable entonces. Parecía que me tomaba el pelo. "Pensemos, pensemos, pensemos", me exhorté. Una fuente inestable podía dañar al router Wi-Fi, pero no podía tener ningún efecto sobre el módem ADSL. Burlona, la luz de WAN volvió a titilar. Se quedó estable un minuto. Parpadeó un rato más. "Es el proveedor, Torres, aceptalo, no vas a tener Internet hasta el lunes -gimoteé-. Martes, digamos".

Tal era mi amargura que noté entonces algo más. Había un poco de viento. Venía por ráfagas y paraba. Igual que la luz de WAN. Al unísono, de hecho.

¡Bingo!

Me había sacado la lotería. Resignado ante lo evidente y sin ninguna duda al respecto, fui hasta el altillo, saqué el rollo de tubo flexible, el alicates y la cinta aisladora, y subí a la terraza.

Es verdad, cuido la instalación. Pero soy medio despistado con los tiempos. Y es increíble lo que el sol puede hacerle al plástico en un par de años (que pasan volando, además). Había transcurrido más o menos ese tiempo desde que había renovado la protección del cableado, y pese a que todo el conjunto se encuentra reparado por una pared y a la sombra la mayor parte del día, el tubo flexible parecía haber sido sometido a radiación cósmica. Alguna vez de color naranja, estaba gris y agujereado por todas partes. Por supuesto, la lluvia había logrado abrirse paso, y el invencible agua, lenta y pacientemente, había ido oxidando las uniones entre los cables.

Con esto, la conexión se había vuelto tan precaria que el menor movimiento -causado, por ejemplo, por el viento- metía tal ruido en la línea que el módem ADSL decidía que no tenía vínculo con la red, y me dejaba de a pie. Me puse auriculares, busqué Ommadawn , de Mike Oldfield (lo necesitaba), y me dediqué a desarmar la protección, cortar los cables hasta donde volvía a aparecer el cobre prístino, unir todo de nuevo, colocar un flexible cero kilómetro, sellarlo adecuadamente y otra vez fijarlo a la pared. Me llevó un rato y mi perro Orión me robó dos veces la cinta aisladora, pero luego de media hora la parte más delgada de la cadena estaba otra vez a buen resguardo.

La velocidad había vuelto a los 3 Mbps y la conexión no volvió a caerse ni una vez, hubiera o no ventisca. Misión cumplida , pensé, pero, al menos que recuerde, era la primera vez que me enfrentaba no ya a una simple falla de hardware, sino a una verdadera conspiración.

Cargando...

YAHOO NOTICIAS EN FACEBOOK