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La extraña locura de la reina Juana I de Castilla

Retrato de Juana I de Castilla, del pintor Werkstatt Meister. (Wikimedia)

La historia de los diferentes monarcas que han reinado España a lo largo de los siglos está llena de hechos singulares que han llenado miles de páginas en la literatura, pero sin lugar a dudas, uno de los personajes que ha llamado la atención a numerosísimos historiadores es Juana I de Castilla, conocida a lo largo de los años como Juana la loca.

Cada vez son más los que no están conformes con el mote dado a la que se convirtió en  monarca de una manera casual y cuya figura ha sido frecuentemente desacreditada a causa de esa locura que se le otorgaba, cuando muy posiblemente no la padeciese.

Juana I de Castilla se convirtió desde pequeña en un elemento de negociación para sus padres, los Reyes Católicos, que tras darle una excelente educación, la prometieron con el príncipe heredero de la casa de los Habsburgo.

Los historiadores que se dedican a estudiar su figura tratan de demostrar que, realmente no padecía la locura que la mantuvo recluida la mayor parte de su vida. Algunos datos parecen indicar que fue una invención de las personas que trabajaban en la corte.

A los 16 años fue enviada por sus padres a Flandes, donde se casaría con Felipe de Habsburgo. Un año mayor que ella y cuya belleza cautivó por completo a la infanta. Tras conocerse, ambos pidieron contraer matrimonio rápidamente y así poder consumarlo cuanto antes.  Juana, como adolescente que era, tenía una extraordinaria capacidad de amar y de entrega a su ser amado, pero el carácter promiscuo del joven hacía que éste desease estar con otras mujeres además de con la suya, lo que propició  continuos ataques de celos en su esposa. Y fruto de ello, sufrió una serie de crisis nerviosas que muchos señalaron como brotes de locura.

Felipe el Hermoso, pintado por Juan de Flandes. (Wikimedia)

Tampoco ayudaron demasiado los continuos embarazos por los que pasó, ya que en nueve años trajo al mundo un total de seis descendientes.

Tras el fallecimiento de Isabel la Católica, la casualidad hizo que Juana llegase al trono de Castilla, el cual estaba destinado para su hermano mayor, Juan, que falleció prematuramente al igual que la infanta Isabel, segunda en la línea de sucesión. Estos hechos, facilitaron el trono como consorte a Felipe, pero su esposa deseaba quitarle poderes si éste no dejaba de tener encuentros sexuales con otras mujeres.

Las escenas en las que Juana reprochaba la conducta lasciva de su esposo, eran aprovechadas por él, para intentar demostrar a los otros miembros de la corte la frágil salud mental de su esposa. Pero debemos tener en cuenta que, recién iniciado el siglo XVI, los estudios médicos sobre trastornos de la mente no estaban lo suficientemente avanzados como para poder determinar un diagnóstico tan exacto, tal y como las crónicas de entonces nos han hecho llegar a través de los siglos.

Felipe de Habsburgo y Juana de Castilla. (Wikimedia)

Múltiples y oscuros intereses políticos hacían de Juana una figura incomoda para algunos miembros de la corte, sobre todo para su esposo, que veía peligrar el valioso regalo que le había llevado el destino: ser rey de Castilla.

El gran aliado de Felipe en todo este asunto fue su propio suegro Fernando de Aragón, el cual también deseaba sacar partido y acordó con su yerno el reparto del reino. Para ello debían conseguir incapacitar a Juana, y así lo hicieron.

Pero Felipe también encontró una muerte prematura (a los 28 años) y el amor incondicional que sentía Juana por él hizo mella en su cada vez más debilitada salud, quedando recluida en el castillo de Tordesillas para el resto de su vida.

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